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Agnosticismo

Por Misael Galleguillos V.


Un agnóstico basa sus proposiciones en su falta de fe en los principios y valores de la cultura, principalmente en su incredulidad en Dios.  Son ateos.

En parte de sus argumentos, expresa Paul Valéry en Zeta, que toda la cuestión de la religión se reduce a una definición de la muerte, a saber si ésta es abolición total o parcial, definitiva o provisional, real o aparente.

Ignacio Echeverría plantea el tema, en el Mercurio del 9 de Diciembre pasado, afirmando que el problema del alma y de la inmortalidad ya no es - en Occidente al menos- un problema de nuestro tiempo. Esto no supone que las religiones hayan dejado de existir ni que hayan muerto las inquietudes que las engendraron.

Este juicio lleva a pensar si a principios del siglo XXI con una amplia cultura  y conocedor de las ciencias, pero completamente desconocedor de las creencias y de las doctrinas antiguas e incluso de ciertas palabras, inventaría el hombre el alma y su inmortalidad.

Descartando lo que se ha pensado y dicho sobre estas cuestiones y lo que proviene de las generaciones precedentes a la nuestra, veríamos lo que se pensaría sólo a partir de los hechos y de las teorías verdaderamente actuales.

Dicen los agnósticos que los problemas que mueren, - pues los problemas son mortales  y hay muchos que han desaparecido-  son aquellos que los hombres de una época no han inventado.  Por mucho que se les planteara no las comprenderían.  La cuestión  les  parece vana.

Esta afirmación pertenece a Paul Valéry en 1927.  Importa dejar claro que se trata de un escritor profundamente agnóstico que interpela el enigma de la fe, persuadido que, según él, el debate religioso no es ya entre religiones, sino entre los que creen que creer tiene algún valor.

Estas consideraciones nos llevan inexorablemente a la literatura y a la historia.  En  primer lugar                        entiende que la cuestión religiosa está  avecindada   con la historia.

Esto está claramente observado en el Libro y la  Palabra.  Pero invita a hacerlo,  sobretodo en una anotación anterior del mismo Valéry en 1927 y recogida en su obra Ego Scriptor   en que se lee que si la literatura no hubiera existido hasta ahora, ni los versos . ¿Los habría inventado el hombre de principios del siglo XX?

Esta pregunta aunque parezca inapropiada, pues la historia tiene un sentido  esclarecedor de los hechos y realizaciones de los hombres, sus pueblos y sus naciones  tiene efectos esclarecedores  y es lo que permite comprender mejor y aceptar también, lo que viene pasando con la literatura, de cuya  mengua                                   y decadencia no deja de oírse hablar  a cada rato.

Lo anterior lleva a pensar si la literatura desempeña determinadas funciones.  En efecto, a estas obras se les viene atribuyendo desde tiempos inmemorables la capacidad de conferir sentido a la existencia, de expresar la realidad, de resistirse a la muerte.  Se le ha atribuido a la literatura el poder de revelar lo que está oculto, de comprender mejor el mundo, de trascender la soledad.

Es atribuirle  a la literatura la función de estudiar  los “ grandes problemas fundamentales”

En 1945 Paul Valéry afirma que el lector sólo quiere y soporta lo que no vale más que para hoy .

La Posteridad para ellos ha muerto, lleva a la consideración de que los hombres de una época no inventaron la literatura que a ellos les afecta y que la  muerte de un problema no implica la desaparición de los elementos que lo constituyen.

El problema de que el alma y su inmortalidad ya no es un problema de nuestro tiempo  no supone que las religiones hayan dejado de existir ni que hayan muerto del todo las inquietudes que las engendraron.  Justamente los esoterismos de toda especie que no dejan de proliferar han llenado espacios culturales, cuestiones pseudoreligiosas que Adorno tachó en una ocasión de “metafísica de mentecatos”.

Todo esto no desdice sino que certifica para los agnósticos la  disolución del sentimiento religioso, al menos en el sentido  fuerte en que hasta hace poco tiempo todavía era posible  referirse a él.

La verdad y el bien no son para una época determinada. Lo mismo ocurre,  afirma Echeverría, con los esoterismos en el ámbito de la literatura y de la historia para usurpar el lugar de esas “grandes verdades fundamentales”.  Por eso, para nosotros tiene importancia la filosofía , sobre todo la metafísica, que busca verdades totales y no parciales o circunstanciales que obligan a sus intelectuales a vivir conforme a la verdad, el bien y la belleza.

La historia se forja día a día y cada cual diseña y realiza su propio destino que debe unirse a la realización histórica del destino de la chilenidad.

Importa para nosotros más la vida que la muerte.

Como dijo  Valdivia:  “La muerte menos temida da más vida.”

Recientemente hemos oído hablar a Fujiyama  que la historia ha muerto, cuestión que Eduardo Sánchez respondió en su obra El Sentido de la Historia.

Con esta crónica hemos intentado ubicar al esoterismo en el ámbito de las ideas, pues ya lo hemos hecho con las tribus urbanas.

 

Publicado el 01-02-2008

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