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Los Políticos y la Nueva Cara de una Vieja Mentira

Por Eduardo Valenzuela González


“La mentira tiene patitas cortas” dicen en nuestro campo. Hace años que denunciamos desde esta trinchera la santa alianza entre los liberales de derecha y de izquierda; que sus supuestas odiosidades y diferencias doctrinarias se rinden ante el seductor culto al poder y al dios dinero.

Para entender esto es bueno hacer historia. Hasta 1973, y por órdenes provenientes desde el siniestro báculo del poder mundial, los lacayos de éstos, se las ingeniaron para dividir al país, como a gran parte del planeta. Hoy, en que una de las caras de la misma moneda se impuso, los liberales de derecha, potencian sus discursos en el ámbito de lo valórico y así mantienen a los pueblos divididos.

Nuestro país ha sido testigo de esto. Tras la irrupción de los militares en 1973 y con la promesa de hacer trasformaciones estructurales de fondo, con un claro discurso de inspiración patriótica y ajena al partidismo tradicional, éstos no trepidaron en pasarle a la extrema derecha la conducción de la economía del país. Esto no se lo ha olvidado al pueblo chileno pues la experiencia fue brutal para la mayoría de los chilenos. Por otro lado, las fuerzas opositoras de la época condenaban con la penas del infierno a la dictadura por los tremendos abusos cometidos en contra de los derechos humanos, y sobre todo, por el inmisericorde sistema económico neoliberal, que se impuso a sangre y fuego. Con el plebiscito de 1988 y el triunfo del NO, se abre la ventana del poder al “otro bando”.

Hasta aquí, los chilenos estábamos divididos entre los buenos y los malos. No pocos creyeron que tras largos años de luchas intestinas, el país avanzaría hacia una verdadera reconciliación y un sistema social y político orientado a resolver los grandes problemas nacionales. Pero la alegría, por lo menos al pueblo, no le llegó; pero sí a los partidos, que mostraron su verdadero rostro depredador y ruin. Les acomodó el sistema electoral que les ha permitido dividirse el poder legislativo y que impide que fuerzas políticas nuevas puedan tener expresión electoral real. Les ha dado dividendos mantener esta cuota de poder a muchos “servidores públicos” de la Concertación que tras dejar sus puestos políticos pasan a ser miembros de directorios de prestigiosas empresas. Al final la conspiración se consuma por que saben que no tienen competencia, pues la Alianza y la Concertación, aunque de cuando en cuando se muestran los dientes, co-gobiernan en perfecta armonía. 
 

Al principio muchos les creían, hoy ya no es así. De vez en vez, se pelean, se acusan y se les ve escaramuzas de poca monta. Es parte de show. Así mismo, apenas pueden potencian figuras con pretensiones electorales. Basta con recordar quién era la señora Bachelet, y cómo pasó de ser una anónima concejal de la comuna de las Condes a presidente de la república. Su estrategia mediática fue y efectiva sencilla: redundante abuso de la emocionalidad y su condición de mujer. El resto ya es historia y su desprestigio va en franco ascenso. Transantiago y su evidente falta de liderazgo, le están pasando la cuenta.

Misma situación, años antes, con Lavín. Con un discurso simplista y alejado de jergas políticas se posicionó, con la enorme maquinaria económica de sus mecenas, del escenario electoral. Fue un “cosista” consular, y los medios de comunicación le dieron tribuna con inusitada incondicionalidad. Sin embargo, a pesar de mover millones de millones en propaganda y de repartir desde lentes hasta pollos en las poblaciones, no le pudo ganar, en segunda vuelta, a Ricardo Lagos, a quien se llama hoy “Capitán Planeta”, pues pasó a ser un alto funcionario de Naciones Unidas en temas medioambientales.

Es cierto que el magnate Sebastián Piñera se perfila como próximo presidente de Chile, pero éste se presenta como político tradicional, con un supuesto proyecto de desarrollo que ahora sí, preste atención y socorro a los chilenos. Es el momento de entregar al socio la administración de estado, para seguir con el juego diabólico de la alternancia.

En este escenario, irrumpe el neologismo acuñado por Lavín, el ya famoso “Aliancismo-Bacheletista”. La explicación que da el militante de la UDI y del Opus Dei, es que se debe apoyar toda acción del gobierno que beneficie a país. Es decir la bendición que dan los liberales de derecha para que al gobierno de los liberales de izquierda le vaya bien. No es un mero ejercicio de retórica, sino que incuba la verdad de estos años. A pesar de algunos de sus filas que vociferaron por esto, en general, se sintieron comprometidos con los buenos deseos de Lavín, el que en la última encuesta CERC se perfiló en un expectante tercer lugar en la carrera presidencial.

Se le agradece la franqueza señor Lavín. Ellos están cómodos con la repartija y como dicen algunos operadores del gobierno, la alternancia en el poder valida la democracia. Mientras mantengan sus prerrogativas y su “carrera de servidores públicos”, donde sea, estarán más juntos que nunca. Los une la ambición de gobernar para sus estructuras partidarias, darles trabajo a sus correligionarios, y privilegiar sus intereses particulares. De eso no cabe duda.

Por eso, los patriotas, y quienes amamos nuestro país reaccionamos con malestar cuando constatamos la manipulación grotesca, con peleas ficticias y refriegas cada vez menos convincentes. Se agradece la franqueza, pues ratifica lo que hemos venido acusando. El poder los une, y la alternancia los separa. Como dirían en la Vega Central, son la misma m….. con distinto nombre.

 

Publicado el 05-11-2007

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