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El Nacionalismo Chileno durante la Segunda Guerra Mundial

Por Cristin Salazar N.


UN EPISODIO DEL NACIONALISMO CHILENO DURANTE 
LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Y EL PROBLEMA 
DE TENER QUE SABER ELEGIR “AMIGOS”

“El infortunio pone a prueba a los amigos y descubre a los enemigos”. 
(Epícteto, filósofo griego del siglo I)

En la edición de Junio 2007 de Alerta Austral, se publicó un excelente artículo de nuestro colaborador Juan Bragassi Hurtado, titulado “El Movimiento Nacionalista de Chile (1940-1943)”.

Contrariamente a los inciensos que la mayoría de los demás autores le prenden al fenómeno nacionalista posterior a la Masacre del Seguro Obrero de 1938 y al advenimiento del Frente Popular al poder, el articulista no cae seducido con la idea de exponer este acontecimiento social y político chileno como parte de una cuasi red interconectada de ideología nacionalista americana, tipo “Patria Grande” de Ugarte, sino como lo que realmente fue: un proceso de enorme autonomía pero cuya principal inspiración provenía directamente del Falangismo Español y en especial desde la Alemania Nacional Socialista, aunque esto no aparezca explicitado en el artículo. Los mitos sobre la “patria sudamericana” o el bolivarismo fueron adoptados en tiempos muy posteriores por algunos restos náufragos de lo que fuera el movimiento original, urgidos por zafarse del anatema de fascistas.

En efecto, el Movimiento Nacionalista Chileno fundado en 1940, cristalizó aspectos originales del nacionalismo local con el reflejo de los conflictos que tenían lugar en Europa. Mientras el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Paz Estensoro era sólo una vulgar copia plagio maquillada del Nacismo Alemán en versión boliviana, y el movimiento militarista del General Juan Domingo Perón no era más que la imitación del Fascismo Italiano adaptada a la realidad platense con decoraciones germanófilas, ambas profundamente influidas por la francmasonería y por el mero caudillismo militar o “gorilismo” secular de América Latina.

Tras la fatal mañana del 5 de septiembre de 1938, seguida del descalabro que significó la reformulación del nacionalsocialismo chileno en la Vanguardia Socialista y la virtual dispersión de nacionalistas y nacionalsocialistas en una confusa mezcla de movimientos y corrientes, el MNCh sería quizás la única rama que conservaba solidez y relevancia política con los conceptos originales, remontados incluso a principios de siglo, con el fenómeno de las Ligas Patrióticas en el Norte del país.

Sin embargo, el aparente aislamiento del nacionalismo chileno, del que tanto pregonan los políticos de izquierda, no siempre fue tal y, de hecho, estuvo al borde de engendrar uno de los más grandes peligros que han amenazado a Chile durante su vida republicana, según quedó confirmado en la desclasificación de archivos secretos de los Estados Unidos a fines del siglo pasado.

Es a partir de este punto donde pretendo aportar algo nuevo a lo ya expuesto por nuestro amigo Bragassi Hurtado.
 

PERÓN BUSCA LA CONQUISTA DEL PODER CONTINENTAL

En febrero de 1944, el General argentino Pedro Pablo Ramírez es depuesto por el General Edelmiro Farrell Balcarce, quien patearía la puerta de la Casa Rosada alentado y apoyado por su colega de armas Juan D. Perón, al que colocó en la vicepresidencia y la cartera de guerra.

Profundamente influido por los triunfos reportados por el nacionalsocialismo y el fascismo europeos, Perón no tardó en trazar planes de cooperación con el Tercer Reich, esperando secretamente de la Alemania el apoyo necesario para que la Argentina pudiese iniciar en América del Sur un proceso de expansión y de avance hacia el Pacífico, similar al que un siglo antes su compatriota Domingo Faustino Sarmiento contemplaba como la clave del poderío de la Unión de Estados Americanos en el continente. Este predominio le debía ser arrebatado a los gringos ahora por el Plata, a su entender.

Con este objetivo, el General argentino estructuró una cofradía de militares llamada Grupo de Oficiales Unidos (GOU), con contactos por todo el vecindario e influencia suficiente como para haber logrado colocar, por ejemplo, a Gualberto Villarroel en el gobierno de Bolivia.

En el Manifiesto del GOU del 3 de mayo de 1943, que se supone redactado por el propio Perón, dice textualmente que así como “en América del Norte la nación monitora por un tiempo será Estados Unidos”, en América del Sur “sólo hay dos que podrían tomarlas: Argentina y Brasil”. Agrega entonces que “Nuestra misión es hacer posible e indiscutible nuestra tutoría” y llevar “a una Argentina grande y poderosa”, advirtiendo que el poder es sólo para los militares y que a los civiles hay que“darles la única misión que les corresponde: trabajo y obediencia”.

Como si las sorpresas fueran pocas, agrega con grandilocuencia estridente: “Tenemos ya al Paraguay; tendremos a Bolivia y Chile… nos será fácil presionar al Uruguay. Luego, las cinco naciones unidas atraerán al Brasil, fácilmente, debido a su forma de gobierno y a grandes núcleos de alemanes. Entregado el Brasil el continente sudamericano será nuestro. Nuestra tutoría será un hecho, un hecho grandioso, sin precedentes, realizado por el genio político y el heroísmo del Ejército argentino”.
 

SITUACIÓN DE CHILE Y DEL NACIONALISMO LOCAL

Mientras esto ocurría en aguas del Atlántico, Chile pasaba por uno de sus períodos más escabrosos de aislamiento casi total, difícil situación diplomática que sería hábilmente explotada por Perú para presionar en su deseo de recuperar Arica, y por Bolivia para sus demandas portuarias. Y a la larga, según veremos, también por Argentina.

En enero de 1942 se había realizado la 3ª Conferencia Consultiva de Cancilleres de Río de Janeiro, encuentro al que llamó también Chile pero que, en el contexto internacional, estuvo profundamente influido por los intereses de los Estados Unidos y de los Aliados, por lo que no fue raro que prácticamente todos los países asistieran sólo para concertar el trámite de romper sus relaciones exteriores con los países del Eje. Únicamente dos se opusieron a dejar de lado la neutralidad: Chile y Argentina, rápidamente anatematizados como “germanófilos” y “pronazis”.

Es aquí cuando comienza el clímax de una espectacular campaña de los medios de prensa liberales para provocar la ruptura con el Eje, tal cual la describe en su artículo el Bragassi Hurtado. El desastre del vapor chileno “Toltén”, interceptado y hundido por un submarino alemán en la ruta Baltimore-New York el 12 de marzo siguiente y en sospechosas circunstancias que son estudiadas por el Comandante de la Armada Kenneth Pugh Gillmore ("¿Quién hundió al Toltén?", Revista de Marina Nº 878, enero-febrero 2004), cayó del cielo a los agitadores y publicistas que exigían la ruptura al gobierno interino de Jerónimo Méndez, asumido tras la inesperada muerte del Presidente Pedro Aguirre Cerda.

Al asumir otro radical, Juan Antonio Ríos, el 2 de abril siguiente, la excitación pública y política hacía imposible hacer otra cosa que no fuese cursar la ruptura con el Eje, durante el mes siguiente.

Esta decisión, al parecer tomada muy al pesar de Ríos, terminó siendo casi una proscripción para el nacionalismo chileno, cuya predilección por Alemania e Italia no era ningún misterio, de modo que el aislamiento chileno y el estigma de la “germanofilia” quedaron visualizados principalmente como responsabilidad de estos grupos políticos, ganándose el odio y la crítica de los sectores liberales, de la prensa de izquierda y de los grupos pro-aliados en general. Inclusive, circularon temidas “listas negras” denunciando a los miembros del nacionalsocialismo criollo con dirección de domicilios incluida. Allí figuraban varios, por ejemplo, Jorge González von Marées, Carlos Keller Rueff y el escritor Miguel Serrano Fernández.

LOS OSCUROS PLANES

Conciente del aislamiento de Chile y sabiendo que la ruptura con el Eje no había sido de total consenso, Perón extendió sus tentáculos sobre la oficialidad chilena y los nacionalistas descontentos con la decisión de distanciarse de Alemania. La oferta era tentadora: como Argentina se hallaba en similar situación de orfandad estratégica internacional, se propuso crear un secreto frente de unidad entre ambos países que resistiera a las presiones de los Aliados y restaurara la neutralidad con apoyo implícito al Eje.

Hacia mediados de 1943, se gestaba un plan de asonada golpista que tendría por objeto restaurar las relaciones con Alemania y entregar el gobierno a algún militar o representante del nacionalismo distante al interés de Washington en el continente. Era la oportunidad ideal para los propósitos de Perón, siempre atento a las convulsiones políticas del vecino país.

Valiéndose de sus contactos en el GOU, la Casa Rosada llevaba tiempo tratando de tentar a una gran cantidad de oficiales y políticos chilenos para participar en una revolución de tales características, tal cual lo menciona el Manifiesto. Sería la forma de consolidar la alianza de resistencia en Sudamérica frente al convulsionado panorama mundial. Según los documentos desclasificados por la CIA en 1997, la fecha de este conato iba a ser el 15 de febrero de 1944, algo que parece haber estado en conocimiento de Perón, quien no perdía tiempo de prometer a los conspiradores todo el apoyo necesario desde el Plata para el éxito de la revuelta, a la que habrían adherido, entre otros nacionalistas criollos, el ilustre hombre público Jorge Prat Echaurren y al parecer el ya anciano ex Presidente Luis Barros Borgoño, quien falleció en julio del año anterior. Algunos indican también al General Carlos Ibáñez del Campo como cómplice directo de los alzados.

La rebelión debía deponer al Gobierno de Ríos para colocar en su lugar una Junta y restaurar las relaciones con el Eje, dándole la espalda al interés de los Estados Unidos en una sólida alianza con Argentina.

Lo que los nacionalistas chilenos desconocían, sin embargo, era que Perón planificaba secretamente una intervención armada, una vez que fuese derribado Ríos, que le permitiera penetraciones concretas por el territorio austral de Chile y la instauración de un gobierno totalmente proclive a los intereses platenses de dominación del Cono Sur. Algunos autores como Oscar Espinosa Moraga señalan la reactivación de los afanes expansionistas de la Argentina sobre el Canal Beagle precisamente a consecuencia de esta situación.

El único previsor que entre las filas patrióticas se alzó intentando detener la euforia triunfalista de sus camaradas, parece haber sido el General Ramón Cañas Montalva, uno de los pioneros de los estudios geopolíticos internacionales que sospechaba con lucidez de las siniestras intenciones de Perón.

Sin embargo, los nacionalistas comprometidos con la causa conspiradora, seguían confiando en sus pares argentinos.

INTELIGENCIA NORTEAMERICANA FRUSTRA AL PLATA

Contrariamente a lo que suponían los conspiradores, sin embargo, Estados Unidos estaba siendo intensamente informado por sus agentes en Chile, Argentina y Bolivia sobre lo que se venía encima para La Moneda y para la situación de América del Sur frente a la gran conflagración mundial. Un telegrama del Secretario de Estado Norteamericano Cordell Hull, rendido a través de su embajada en Chile, advertía reservadamente a La Moneda: “Fui informado por el agregado legal de La Paz que había recibido un informe del FBI que señalaba lo siguiente: "Rumores en Bolivia sobre una revolución similar que ocurrirá dentro de dos semanas en Chile...".” El documento está fechado el 22 de diciembre de 1943.

Incapaz de tolerar semejante desafío a su afán hegemónico, Washington comenzó a presionar duramente a Buenos Aires a la espera de una ruptura total y definitiva del Plata para con el Eje. Profundamente afectado por la crisis política y sin poder resistir por más tiempo el debilitamiento, el General Farrell accedió a romper con el Eje el 26 de enero de 1946, contra los desesperados consejos e insistencias de Perón.

La noticia del descubrimiento de la asonada y la vuelta de chaqueta argentina hizo cundir el temor entre los revoltosos chilenos y los planes debieron ser postergados para junio o julio, mientras Perón continuaba empujando a los nacionalistas santiaguinos a concretar los planes originales. Hoy sabemos su intención: al tiempo que esto ocurría, se producían extraordinarios movimientos de tropas argentinas por toda la frontera, y se construían frenéticamente barracas y puestos militares en la zona Sur, en lo que a todas luces iba a ser una inminente invasión de Chile. Para Perón, la cuestión del poderío argentino en el Cono Sur era causa sagrada y no renunciaría a sus planes tras el primer fracaso. Desde ahí en adelante, actuaría convencido de que la invasión a Chile y la salida argentina al Pacífico debía tener lugar sin más dilaciones.

El Embajador de los Estados Unidos, Claude Bowers, reportaba poco después una concentración inusual de estas tropas en Mendoza, frente a la ciudad de Los Andes, a la espera de una orden de invasión. El 20 de junio de 1944 informaba a su gobierno que “Chile está en mayor peligro y bajo amenaza. No posee aviones de guerra para poder defenderse y la ciudad de Santiago podría ser bombardeada con facilidad desde Mendoza, pues Argentina tiene desde 1938 una gran cantidad de aviones bombarderos".

Al fracasar los planes revolucionarios, sin embargo, el nacionalismo chileno por fin comenzó a entrar en razón y abandonó progresivamente la idea de la intervención argentina. La desconfianza cundió tras la ruptura de la Casa Rosada con Alemania y la sospecha sobre el expansionismo de Perón comenzó a filtrarse entre las tablas hasta empapar el escaso conocimiento de los conspiradores sobre el carácter y las tendencias instintivas de sus “símiles” platenses, tal como Cañas Montalva se los venía advirtiendo desde el ojo del huracán.

Terco y testarudo, Perón siguió adelante con sus planes prescindiendo de la venia entre sus pares chilenos, pues seguía convencido que no había futuro para la Argentina sin un acceso al océano Pacífico, según lo confesó explícitamente en un discurso ante el Ejército ese mismo año. Por esta razón, el Embajador Bowers informaba secretamente al Presidente Roosevelt, el 12 de agosto de 1944: "Recientemente traté el tema con autoridades del gobierno chileno en cuanto a si podían contar con nuestro apoyo en caso de que Chile fuese atacado por el actual régimen argentino. Le dije a Fernández que en caso de hacer la petición, Chile podría contar con nosotros". Así de graves estaban las cosas.

UNA MORALEJA PARA EL NACIONALISMO

No sabemos si esta información llegó a oídos de la Casa Rosada, pero la advertencia norteamericana de echar manos en el Cono Sur en caso de una invasión argentina a Chile, marca el momento en que Perón desistió de los planes de invasión y aceptó, finalmente, la ruptura con el Eje. La caída de Berlín y la rendición de Japón terminarían de convencerle de la inviabilidad de sus aspiraciones emuladoras por este lado del mundo.

La experiencia sirvió al nacionalismo chileno, sin embargo, para una gran lección: más vale sólo que mal acompañado… Las exageraciones sobre el sentimiento de“amistad” entre naciones cuando éste no ha pasado por una prueba real es, con frecuencia, un sentimentalismo inocuo e irreal que sólo opaca la verdadera máxima de las relaciones exteriores, especialmente en la política: se tienen intereses comunes bases de toda sociedad de mutuos beneficios y confianzas o, simplemente, no se los tiene.

Y, como sentencian las sagradas escrituras, más vale contar con un perro vivo que con un león muerto… Capicci signore?

 

Publicado el 06-08-2007

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