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El Mito de la Renovación en Política

Por Eduardo Valenzuela González


Desde hace algunos meses, se ha venido escuchando con frecuencia a los dignatarios de los partidos, parlamentarios, alcaldes y en general a la extensa topografía que constituye el mundo de quienes ostentan el poder político, mencionar la necesidad de la renovación de sus dirigentes. Lo anterior, no es casual, pues coincide con la derrota de la Concertación en las elecciones presidenciales y el arribo de la derecha a la Moneda. 

Curioso resuelta que cada cierto tiempo este tema sea puesto en la agenda mediática y, que, a la luz de lo ocurrido en los últimos años, parece responder más a una estrategia de reposicionamiento que a un genuino interés por ofrecerle al país una forma distinta de relacionarse con quienes depositan su confianza y expectativas de un futuro mejor. Lo anterior, puede tener su justificación en el cada vez más creciente desprestigio de la actividad política, lo que obliga a los partidos a dar un giro que deje la “sensación” de querer erradicar sus prácticas insanas, muchas de las cuales rayan en la inmoralidad. 

Para lograr esto, ejecutan planes comunicacionales hechos a la medida: convocan a los medios a auto flagelantes declaraciones de lo mal que están, generan debates públicos y los discuten frente a las cámaras de televisión; y convocan a elecciones como una suerte de “sanación”  partidaria. Mucho ruido y pocas nueces. Lo cierto es que aquello que tanto critican hoy, ha sido una vieja práctica y de la no pueden ni quieren zafarse los militantes y dirigentes, pues es inherente a la naturaleza misma de este tipo de organizaciones: impedir la irrupción de cuadros nuevos que estén ajenos a las camarillas que están en las cúpulas. Por eso, resulta irrisorio escucharlos decir que debe haber renovación de los dirigentes y son precisamente los viejos políticos los que patrocinan a los nuevos, los han apadrinado para ocupar puestos públicos o estar en altos sitios dentro de sus partidos.  Así resulta imposible un cambio de fondo. El círculo vicioso se hace eterno. 

Basta con hacer una breve sinopsis de lo que ocurre en cada partido para confirmar lo señalado. En la Concertación, que aún no se repone de la derrota que los sacó de la Moneda, han hecho un mea culpa más de forma que de fondo, señalando que se ha agotado una forma de hacer política y en consecuencia se deben hacer fuertes cambios al interior de los partidos. De aquí surge el discurso de “cambiar las caras”. Pero a la hora de mostrar esas nuevas caras, se ven a los mismos de siempre, pero de una generación más joven. 

En la Democracia Cristiana, son los dirigentes de los 80’s quienes han encabezado las críticas, omitiendo que en su mayoría (alcalde Claudio Orrego, diputado Gabriel Silber, ex diputado Andrés Palma, entre otros) fueron parte de la maquinaria del poder durante todos los años en que la Concertación estuvo en el poder.  Están muy lejos de ser “rostros nuevos”, y han sido parte del grupo de influencia de la senadora Soledad Alvear (por no decir que de su esposo, el ex diputado Gutemberg Martínez, un personaje que mueve los hilos de una corriente de opinión muy potente en la DC).

En el Partido por la Democracia, la situación es similar. Incluso, con más claridad, se aprecia que no existe ninguna renovación de dirigentes. Es sabido que en las elecciones internas de hace algunos días atrás, la candidata única es la ex diputada Carolina Tohá, quien, desde 1989, ha estado en distintos puestos públicos (elegida o designada). Al contrario de lo que ella señala respecto de la urgencia en renovar la política, es la mayor expresión de una persona relativamente joven en edad, pero que en política tiene harto camino recorrido, lo que hace difícil creer que cambiará algo simplemente por que lo dice. En esta aventura la acompañan el recientemente electo senador Ricardo Lagos Weber, que tiene tanto carrete en estas lides como Tohá y que desde joven ha sido parte de la burocracia del poder (trabajando en reparticiones públicas donde incluso fue becado para estudiar en el extranjero. Sin olvidar un gran “valor agregado”, ser el hijo del ex presidente Ricardo Lagos Escobar). 

En el Partido Socialista el escenario no cambia. Luego de hacer una descarnada crítica, siempre encabezada por militantes de los 80’s, aún no logran convocar a elecciones internas. Las reyertas han sido entre el electo senador Fulvio Rossi (esposo de la flamante presidenta del PPD, Carolina Tohá) y el diputado Marcelo Díaz. Ambos han sido parte de los grupos de poder de sus partidos por años, aunque con suerte pasan de los 40 años edad. 

En los partidos de gobierno, tanto en Renovación Nacional, como en la UDI, la situación es casi la misma. Se habla de rostros nuevos y de cuando en cuando aparece alguno, en la práctica siguen los mismos de siempre. La reciente elección en RN lo dejó de manifiesto; ya que se enfrentaron el diputado Cristian Monckeberg, reconocido parlamentario, con el presidente actual Carlos Larraín. A pesar de mostrar algunas discrepancias en torno a temas valóricos, en especial sobre el divorcio y el concepto de familia, no se presentaron diferencias sustanciales para aspirar a un tiraje a la chimenea de nuevos cuadros. 

En la UDI es peor el panorama. Para muchos, es la organización política con mayores dificultades para acceder a órganos de poder partidario. Existe una especie de cuerpo cardinalisio, compuesto por los fundadores del partido, como los senadores Longuiera, Coloma y Chadwick, que ejercen un poder unilateral el interior de esta colectividad. Ni hablar de renovación de dirigentes, ya que sólo se puede en la medida que se está apadrinado por los viejos dirigentes. 

En consecuencia, la renovación en política es un mito. Como no es posible hacerlo, los partidos buscan ganar tiempo para establecer nuevas agendas, nuevas banderas de lucha y así dejar las cosas como están. Una verdadera renovación pasa por redefinir el papel de la sociedad civil en la política, en donde los cuerpos sociales de la nación, esto es: sindicatos, gremios y organizaciones sociales sean constructores, junto al mundo político, de un nuevo destino para nuestro país. Por ahora, esta aspiración de la mayoría de los chilenos, que constata a diario que no basta con los partidos políticos para lograr las grandes aspiraciones, no es posible llevarla a cabo. 

Pero se abre una real alternativa para poder hacer esto. El cambio en la ley electoral, que permite la inscripción automática y la votación voluntaria, puede facilitar la aparición de nuevos movimientos y que estos tengan adherentes en las elecciones. Aquí está el principal desafío de las fuerzas patrióticas dispersas que abrazan el ideal del Nacionalismo, doctrina capaz de frenar las aspiraciones de perpetuar el poder de los partidos políticos como únicos depositarios de la soberanía social. La única consigna de quienes queremos un Chile unido en su destino es: Mí partido es mi Patria.

 

Publicado el 01-07-2010

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