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Cultura, Identidad y los Vacíos en la Política Cultural de Chile

Por Juan Bragassi Hurtado


Cuando se habla de cultura generalmente se tiende a asociar dicho concepto a un producto del desarrollo humano, el que se manifiesta en un conjunto de ideas, creencias y costumbres que se asientan y pasan a caracterizar a una comunidad, una nación o un país.

La confusión adquiere cuerpo con la presencia e influencia de los medios de comunicación masiva, los cuales proyectan una imagen incompleta o síntesis parcial respecto a esta actividad, limitándola a una serie de disciplinas que se desarrollan o exponen en un determinado espacio o contexto para un determinado tipo de público. Espacios que generalmente no están relacionados con el entorno cotidiano por el cual deambula el ciudadano común y silvestre.

Ello ha generado, a partir de los años 90 la articulación de una serie de incitativas, cuyo objetivo fue acercar la cultura a la gente, lo que derivó en la cultura show, la cultura circense o espectáculo de entretención de las grandes masas, donde la forma se comió el fondo, el que pretendía promover una reflexión en torno a la cultura.

Ello se hace patente en eventos como el Premio “Altazor”, donde el eslogan versaba en sus inicios: “Los artistas premian a los artistas”. Otros dicen: “Donde los amigos premian a los compadres” , el conocido carnaval cultural de Valparaíso – hoy fiesta de la cultura-, donde la cultura porteña brilla por sus ausencia. O el caso de los cabildos culturales que desaparecieron sin pena ni gloria.

Dicho sea de paso, es en éste período (los 90’s) donde empiezan a aparecer, como flores en primavera, los gestores culturales, las productoras.

Por otro lado - y desde un punto de vista político - , la cultura espectáculo se la vio como una manera de atraer votos o como un medio para instaurar discursos, como lo fue el paradigma con respecto a la existencia, en la era pinochetiana, de un etapa de “oscurantismo” - “la larga noche oscura “-, como si cultura se resumiera en la simple realización de eventos y acumulación de cosas. 

Han pasado más de veinte años desde el retorno al democracia y, si bien se debe reconocer que en Chile hay más cultura o como se dice en la jerga economicista actual “hay mayor oferta cultural”, chocamos con una ciudadanía que no está más educada, ni posee mayor conciencia – sí, tal vez, una inquietud - respecto a ella. 

Tampoco la cultura – y en alusión a lo que me expresaba, en una conversación, Milan Ivelic en 1998 – ha dejado de estar en el patio trasero de las prioridades de los gobiernos de turno. 

Al igual que el tema de la educación, los vacíos que ha tenido la política Cultural van más allá del tema de la cobertura, sino en la calidad, en el sentido pedagógico de enseñanza cultural y cómo ésta se inserta como un hilo conductor, como un paradigma, misión y sentido en el que debería estar contenido en un proyecto país.

La ausencia de una adecuada política cultural por parte del Estado, no ha disminuido la barrera de desarraigo, desconocimiento o desvalorización de los referentes culturales.

Por otro lado, en materia de calidad cultural, muchas veces nuestros exponentes responden más a la adaptación criolla – por no decir copia - de las modas transcontinentales de turno, que a una expresión genuina de nuestra identidad diversa, valiéndose del uso de los conocimientos, herramientas, instrumentos y materiales del presente. 

La cultura, es la manifestación de nuestra identidad (individual y colectiva), es decir de los elementos que nos hacen ser diferentes, y a la vez complementarios, en la construcción que denominamos civilización humana, transformándola en disciplinas de conocimiento.

La cultura es un hecho biológico o ecológico, que tiene su base en el espíritu o alma, que se crea mediante la recíproca relación entre una persona, su comunidad, su entorno natural y no natural que se expresa en la manera particular de ver, hacer y entender el entorno y sus acontecimientos, siendo denominado por algunos estudiosos como cosmovisión.

Dicha impronta, es el resultado del ejercicio reflexivo, perceptivo, sensitivo y afectivo de una persona en el quehacer cotidiano, lo que se traduce en el sentido colectivo de pertenencia.

En ese sentido, cabe hacer hincapié que la cultura no es un todo estático, sino que sufre variabilidad necesaria para su desarrollo, más aún cuando se pretende ir al encuentro de nuestra identidad, sin reconocer que nosotros somos el resultado del mestizaje.

 

Publicado el 01-05-2011

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