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Nuestra Identidad Nacional

Por Misael Galleguillos V.


La identidad es analizada desde dos puntos de vista: uno esencialista y el otro constructivista. El primero es expresión del realismo que se fundamenta en verdades totales que vienen de la metafísica. El segundo, se basa en verdades parciales que surgen de la búsqueda de proposiciones que sirvan al investigador para dar validez a sus propuestas. Esta validez se fundamenta en la restricción de las propuestas a casos determinados, cuya verdad es válida sólo en casos restringidos a ciertas condiciones. Fuera de esas condiciones carece de veracidad. Se basa en lo probabilidad y en la estadística.

Lo esencial cree en esencias. En realidades esenciales, inmutables y originales. En la óptica esencialista, el sociólogo francés Claude Dubar, profesor de la Universidad  de Versailles, autor de la obra "La Crisis de las Identidades" (2002),  afirma que el factor  - o los factores - que la definen no dependen del paso del tiempo, sino que son heredadas por origen y destino, constituyendo un a priori que define la singularidad esencial de cada ser.

La visión estructuralista recoge los aspectos estructurales que influyen en la constitución de la identidad, visualiza que es el espacio público donde se desarrollan prácticas cotidianas consideradas decisivas en la identificación de los individuos.

Justamente, el escritor chileno Jorge Larraín, ya considerado en otros escritos, asume la tesis del carácter constructivista de la identidad, en el que cada nuevo contexto histórico influye en su permanente reconfiguración. Para él, la identidad es un proceso nunca terminado y en constante mutación. Esto lo lleva a pensar que la identidad nacional no existe.

Sobre estas consideraciones debemos señalar que el poder soviético intentó, durante todo el período de su vigencia, la abolición de las ideas cristianas, cuestión que no ocurrió. Por el contrario, el ideal cristiano se valorizó con mayor fuerza después de la caída de  los realismos sociales que proclamaban. Fue el fin de la Guerra Fría. Sucedió en 1991. La Nación Rusa volvió a ocupar el imaginario patriótico social de su origen y destino. Lo mismo ha ocurrido con todas las naciones de lo que se conoció como la órbita soviética.

En Chile la patria chilena tiene plena vigencia. Sólo requiere ser gobernada por nacionalistas, para lograr su destino de grandeza como pueblo, como territorio, como cultura y como soberanía. Entonces, y solo entonces, la identidad nacional será un valor pleno, un concepto y una belleza respetada en el mundo entero. La chilenidad será el sano orgullo de todos y de cada uno de nuestros compatriotas.

Dubar, expresa que los cambios habidos en la sociedad, desde los años sesenta hasta el 2000, en la vida privada, en la vida del trabajo y en las creencias simbólicas, como la religión y la política, están relacionados con tres procesos que han experimentado cambios significativos: la emancipación de las mujeres, el proceso de racionalización de la economía y la privatización de las creencias.

Las identidades, afirma, han perdido su legitimidad y las nuevas formas no están aún plenamente constituidas ni reconocidas. La constatación de la crisis está vinculada a una coyuntura económica, política y simbólica particular: cuestionamiento de los estados nación, globalización de los intercambios, ascensión de una nueva economía y hundimiento del comunismo real.

Las dificultades para definirse a uno mismo y para definir a los otros, para hacer proyectos y hacerlos reconocer, para expresar con palabras las trayectorias personales y las historias colectivas se aplican a partir de la travesía de una etapa crítica de la dinámica de las sociedades modernas, en el curso de la cual las identificaciones defensivas, de tipo comunitario, bloquean la emergencia de identificaciones constructivas más inseguras, de tipo societario. Justamente el nacionalismo es la fuerza espiritual que tienen los pueblos para cautelar el modo de vida y las formas de ser de las personas, los grupos sociales y la patria, definidas por principios y valores contenidos en la cultura nacional y en su trayectoria histórica. Como expresó  Misael Galleguillos en Estilo y Doctrina (1995), el nacional sindicalismo es tradición y creación.

En la identidad nacional hay que buscar los orígenes de nuestro territorio y de nuestras familias, la construcción de la convivencia, el estado de derecho, las guerras victoriosas, la creación de las universidades y el desarrollo de la investigación y de las profesiones, la convivencia en los barrios, pueblos y aldeas, las obras civiles para dar consistencia a las ciudades y caminos, el modo de vida agrícola, minero, marítimo y montañéz, la religión, el arte criollo, la ética en la toma de decisiones, el sindicato, la escuela y la familia en el proceso de “hacer” la vida cotidiana, el repensar de nuestras ideas y creencias, la política como sistema para servir a las personas y a las comunidades de la nación, el carácter de nuestra forma de ser y modo de vida, la creación de grupos y cuerpos para practicar ideas, valores y sus proyecciones a la ciudadanía toda, para realizar planteamientos y propuestas que logren el desarrollo pleno de la chilenidad como patria, como estado y como cultura, que reconozcan en los cuerpos armados parte fundamental del espíritu de la nación, y a las iglesias como parte del espíritu misional de la fe. También se deben considerar los mitos y leyendas contenidos en la memoria colectiva de la nación. Además, hay mitos y leyendas urbanas y otros que dan consistencia a diversos relatos de distintas locaciones.

La identidad es un proceso dinámico. La identidad no debe ser entendida como dada de una vez para siempre, ni como  una suma pasiva de roles a lo largo de toda una vida. Es una decisión analítica, valórica, interactiva y significativa. Es, precisamente, tradición y creación.

La identidad es una construcción/reconstrucción entre dos procesos y dimensiones de las personas: lo biológico y la relacional. El sujeto construye su identidad a partir de una transacción interna del individuo, delineando “que tipo de persona quiere ser” en correspondencia con su biografía; y una transacción externa entre el individuo y las instituciones y grupos a los que pertenece, o quiere pertenecer, a través de la cual se perfila “qué tipo de persona uno es” y con ello a qué definición oficial corresponde.

De esta manera, y a través del conjunto de representaciones sociales que conforman, por un lado los actos de pertenencia y por otro los de atribución, el sujeto califica en una misma identidad de dos dimensiones de sí: la identidad para si y la identidad para otro. Ambos aspectos de la identidad son inseparables y se forjan en un proceso continuo, en el que el sujeto y su entorno se introyectan y determinan.

La distinción entre lo biográfico-personal y lo relacional-social debe comprenderse solamente en el plano analítico. La identidad es el resultado contingente de la articulación de esas dos dimensiones, es decir, dicha articulación se procesa en el nivel simbólico de las representaciones.

La identidad es el resultado de los diversos procesos de socialización.

La identidad, retomando a Claude Dubar es el “resultado a la vez estable y provisorio, individual y colectivo, biográfico y estructural de los diversos procesos de socialización que conjuntamente construyen a los individuos y definen a las instituciones”

La identidad personal se vincula con la capacidad de las personas de diferenciarse de los demás y ser, por ello, única  e irrepetible. La identidad grupal, en cambio, nos hace partícipes de la sociedad e influenciables por los procesos históricos de índole político, cultural y económico.

La familia como instancia más temprana, provee las identificaciones primarias, que estarán seguidas de otras que emanan de posteriores marcos referenciales presentes a lo largo de toda la vida, como el grupo generacional, el grupo étnico, la formación escolar, la pertenencia política, la comunidad, vecindad o barrio, la religión, el género, la milicia y el espacio del trabajo. En el origen de nuestra identidad están Nicolás Palacio, Osvaldo Lira y Jaime Eyzaguirre que definieron a los chilenos como hispánicos y mestizos conformando una raza espiritual única. También está Roberto Rengifo que estudió el origen prehistórico de Chile y los chilenos, que lo llevó a concluir el origen polar antártico del hombre y la presencia de los chilis, roca escrita, en nuestro territorio donde los chilingas dieron origen a una cultura que creó la estrella de ocho puntas que se actualizó en la bandera tricolor de la estrella solitaria el Día de la Independencia, donde apareció al centro de la estrella blanca.

 

Publicado el 15-05-2011

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