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El Nacionalismo Necesita Organización Política

Por Eduardo Valenzuela González


No deja de sorprender que un sentimiento tan arraigado en los chilenos y que es parte de nuestra más íntima relación con nuestra tierra, como es el Nacionalismo, no tenga organización política. Hoy, como nunca, esta interrogante debieran hacérsela los millones de compatriotas que, cansados del circo electoral de estos meses, miran con enfado como los mismos de siempre se disputan el cada vez menos validado escenario político nacional. Los mismos que una vez más dicen, con asombroso descaro, que son ellos los genuinos depositarios de la soberanía popular; quienes se reparten el poder del estado y legislativo, acostumbrados a saberse dueños exclusivos del patrimonio político chileno.

Pero la verdad es una e innegable: ellos no representan nada nuevo. La lógica de que los partidos son los únicos intermediarios entre el “pueblo” (palabra de la que reniegan, ya que nadie la menciona) y las instituciones de representación emanadas de la ciudadanía, es la gran trampa en la que hacen caer a la mayoría, que inconscientemente, por acción u omisión, a pesar de sentir un gran rechazo por ellos, les entregan su voto. Este es el principal circulo vicioso, del que nadie se quiere hacer cargo.

La única alternativa, que desde su doctrina compatibiliza el poder político de los partidos con el representación de las organizaciones vivas de la sociedad, es el Nacionalismo. Sus principios recogen lo más rico y auténtico de nuestra nacionalidad: valoración de nuestras tradiciones, respeto y veneración por nuestros héroes del pasado, lealtad total a lo que nuestra bandera representa; y un genuino sentimiento de unidad, superando las divisiones surgidas desde el espectro ideológico que divide falsamente al país entre izquierdas y derechas. 

Todo queda en letra muerta si estos principios, que la mayoría de los chilenos comparten, no tienen organización política real. Lamentablemente no ha sido posible que las fuerza patrióticas del país se transformen en esta alternativa, y muchos de ellos terminan en aventuras poco felices o absorbidos por la derecha, creando confusión y desconfianza. Otros, optan por la opinología política y desde sus cómodos escritorios lanzan flemáticas proclamas, sin correr riesgo alguno. Así nunca se logrará nada.

El Nacionalismo debe levantar sus propias banderas y con el mismo arrojo con que las chilenas y chilenos afrontan el día a día con sus alegrías y desventuras, transformarse en la nueva fuerza política que le dispute a los partidos tradicionales la hegemonía social, política y cultural que hoy tienen, sin contrapeso alguno. Para lograr esto, se necesita algo más que el discurso y la crítica de la que muchos hacen gala por Internet o correos electrónicos, sino la decisión de dar gran salto de pasar del discurso a la acción.

Lo primero es convocar a la creación del partido Nacionalista que Chile necesita (siguiendo el ejemplo de varios países latinoamericanos que ya cuentan con este instrumento político). Luego, elaborar la plataforma patriótica con propuestas claras y viables, en donde el respeto a la propiedad sea tan importante como la justicia social. Tras esto, todo resultará más fácil, como lo demuestra la historia de todos los movimientos políticos y sociales en todas la latitudes. Pero, primero debe estar la convicción, que movidas por la voluntad, son capaces de transformar lo existente. Los recursos económicos, problema real que sirve para justificar el inmovilismo, se deben generan con el mismo ingenio que usamos cuando queremos obtener algo que nos importa.

Se acercan las elecciones presidenciales y renovación del Congreso. Que sea la última vez que el Nacionalismo mire desde la galería. Hay millones de chilenos que esperan una alternativa de verdad, ajena a los grupos políticos que llevan tantos años usufructuando de la buena fe de los votantes. Con la inscripción automática y el voto voluntario, se abre otra oportunidad valiosa para arremeter con fuerza y valentía. Nadie dice que será fácil. Pero es preferible atreverse, que a sentir la impotente cobardía de saber que es posible un Chile diferente, de unidad y justicia, sustentado en valores trascendentales y respeto a cada hijo de nuestra tierra bendita. Se debe aprovechar la coyuntura electoral para convocar a la conformación del nuevo referente patriótico que cambiará la historia de nuestro país.

¡Quiera la divinidad que así sea!

 

Publicado el 01-11-2009

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