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Celebración del Bicentenario “a la Chilena”

Por Eduardo Valenzuela González


Lejos, lo más conmovedor de este bicentenario, fueron las innumerables expresiones de amor que el pueblo chileno (hoy llamado con latera cursilería como “ciudadanía”) le manifiesta a nuestros ancestros, identidad y símbolos patrios. Esta relación enigmática que cada chilena y chileno tiene con la tierra que lo vio nacer, entraña un apego poco entendible para muchos extranjeros y aquellos compatriotas que denostan y hacen mofa de nuestra gente con sus costumbres y tradiciones (estos últimos, que felizmente son una minoría, por lo general se van del país con su complejo de inferioridad en las maletas).

A los chilenos de todo pelaje nos gusta, y harto, pasarlo bien; sobre todo si es gratis. El pueblo llega en masa a la aventura, casi siempre en lote, con cabros chicos, abuelitas y el infaltable copete, brebaje perfecto para todo festejo. En esta ocasión fue la puesta en escena de una imponente presentación audiovisual en conmemoración a los 200 años de vida independiente, como tanto gusta decir a nuestras inefables autoridades (aunque esta vez, como nunca, quedó en claro que esta gesta buscaba mantener las granjerías de la empolvadas acomodada castas española y criolla realista). El marco no podía ser otro que el Palacio dela Moneda, en el corazón del poder político nacional, con sus grandezas y ruindades. Allí se aglomeraron miles de compatriotas con la expectativa de ser partícipes de un magno evento. Se vio de lo más granado de nuestra topografía humana: huachacas y  cuicos, vendedores de todo tipos, desde quienes gritaban sus novedosas espadas de luces, dulces y galletas, cachivaches de recuerdo, banderitas de variados tamaños y la infaltable cerveza a módico precio. La noche invitaba a festejar, la música a bailar y el copete a tomar. Así somos los chilenos. 

En lo alto de un imponente mástil, la bandera chilena más grande que existe. Sencillamente majestuosa. Cuando el viento era suficiente se expandía mostrado sus enormes dimensiones. De cuando en cuando flameaba ritmicamente con ondulaciones lentas y uniformes, y cada vez que esto ocurría, la muchedumbre, herederos directos del roto chileno -los verdaderos héroes que ganaronla Guerrade Pacífico-, gritaban con orgullo: ¡la cagó, putas que se ve linda la bandera!; y los más eufóricos se envalentonaban gritando ¡Viva Chile Mierda! 

Las expectativas subían de tono mientras se acercaba la hora de inicio del espectacular montaje prometido, con tecnología digital dondela Monedaera el soporte de todo tipo de imágenes alusivas  a nuestra historia y geografía. El espectáculo prometía ser espectacular, un deleite para la vista, y una forma novedosa de celebrar esta fiesta bicentenaria. El gobierno promovió a los cuatro vientos lo inédito del espectáculo, y por eso invitaron a la población a no perderse el show. Y la gente aceptó el desafío, en varios miles.

Llegó la hora tan esperada y ¿qué ocurrió?, lo tan típicamente nacional; esa especie de maleficio que sirve de telón de fondo cada vez que se programa algo: el descomunal desorden y la nula comodidad del lugar para presenciar el espectáculo. No había galerías ni inclinación alguna. Claramente los organizadores no pensaron en esto y que solamente los que estaban adelante verían con la totalidad de las imágenes. Tragicómico, como es la vida del chileno común y corriente. La inmensa mayoría de quienes fueron a deleitarse con las luces y la increíble presentación virtual, no pudieron ver más que cabezas zigzagueando de un lado a otro, escuchar delirantes arrebatos de molestia y todo tipo de empujones para ganar algún mínimo espacio visual. Todo para intentar ver, con escaso éxito, la entretenida presentación donde aparecían nuestros grandes héroes, no solo los padres de la patria, sino también poetas, personajes tan queridos como Condorito, futbolistas, y variados paisajes nacionales. No faltó el iracundo espectador que vociferó que esto pasa solo en Chile, y terminó su reclamo diciendo que “hasta una pichanga de barrio es más organizado que esta h…a”. 

Mientras transcurría la presentación, se apreciaba a centenares de cansados papás resistiendo estoicamente el dolor de brazos por tener levantados a sus hijos, y algunos bien crecidos. Es que no había otra alternativa, o se les daba altura a los niños o simplemente no veían nada. Dramáticos fueron esos más de cuarenta minutos en que la mayoría de los concurrentes vieron poco o nada del espectáculo. 

Como una suerte de recompensa para los atribulados asistentes, al final del show irrumpieron decenas de fuegos artificiales que dieron claridad a la noche plagada de nubes. El estruendo de la multitud fue instantáneo, pues muy pocos lo estaban pasando bien, y se pasó intempestivamente de la bronca a la euforia. Así somos los chilenos.

Y terminó no más el espectáculo. Sin mediar arenga alguna ni agradecimientos por los padecimientos sufridos. Solamente los parlantes quedaron en silencio. En esos momentos comenzó una monumental procesión, con el desorden respectivo. No se sabía dónde pasaban las micros y los cansados carabineros repetían mecánicamente que había que caminar. La escena era espantosamente cómica, las personas, vistas desde los edificios, deben haber parecidos hormigas, yendo y viniendo de un lado a otro.

El hambre, a esas alturas, exigía algo. Como era de suponer, en los puntos de mayor afluencia estaban los tradicionales vendedores de completos y la especialidad de la casa, los apetitosos sanguches de potito. El olor seducía hasta el más puritano en artes culinarias, y los puestos de comida se hicieron el pino. 

Al final de la jornada, la gallada se fue feliz, olvidando las más de 3 horas de pie, las puteadas a los organizadores, la rabia de tener en brazos a los cabros chicos y coronando la jornada tratando de llegar a algún lugar para tomar la micro. Es que así somos los chilenos, amamos y odiamos con una facilidad asombrosa; las penas del infierno se transforman en tallas, dejando todo en nada. Así somos, ángeles y demonios, pero con un amor inconmensurable al país que no siempre lo trata como se merece, pero cuando hay que mostrar los dientes cuando atacan a su querida patria, lo hace sin temor alguno. Como epitafio de la extenuante jornada, se escuchó decir a un hombre con la cara sudorosa y una guagüita en sus brazos, acompañado de su señora y 3 críos más, el adagio que tan bien refleja nuestra identidad: “no importa mijita, al mal tiempo, buena cara”. 

Así somos los chilenos.

 

Publicado el 01-10-2010

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