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Globalización: Una integración que nos desintegra

Por Juan Bragassi Hurtado


En el pasado reciente, las naciones del tercer mundo se vieron obligadas -por más de medio siglo- a tomar parte en la pugna entre dos bloques hegemónicos, imperialistas y colonialistas. 

Uno de ellos promovía, bajo una apariencia democrática, un capitalismo internacionalista de carácter liberal; mientras que el otro, a través de gobiernos totalitarios, implementó un capitalismo de Estado igualmente internacionalista.

Hoy, el imperialismo tiene una remozada denominación: “Globalización y anti globalización”.

Las doctrinas que están detrás de estos dos conceptos, igualmente imperialistas y hegemónicos, son el neoliberalismo democapitalista y el neomarxismo democapitalista. O sea, los auto denominados “progresismos”. 

Ello explica la generación y aplicación gradual, en nuestras naciones, de un errado concepto o patrón universal de “igualdad” que nos uniformiza y un aparente concepto de lo “diverso”, que igualmente trasplanta, a nuestras sociedades permeables, patrones artificiales variados de carácter universal, como lo son por ejemplo las llamadas “tribus urbanas”. 

De igual manera, el concepto de integración ha sido trastocado. Por ejemplo en Chile, mediante la adopción de medidas obsecuentes que llevan a nuestra gradual desnacionalización como forma de pago para acceder a ser parte de una “aldea” o imperio global, como propiedad e instrumento de un gobierno universal al cual no tendremos acceso alguno de dirigir. 

El fenómeno de la desnacionalización de nuestros pueblos, se manifiesta no sólo en propuestas o gestos simbólicos, tales como sustituir o modificar la frase que acompaña a nuestro escudo nacional, sino también al colocar por sobre el Derecho Nacional el Derecho Internacional, donde se evidencia nuestra incapacidad colectiva de administrar justicia. Nuestra desnacionalización, también se expresa en colocar en manos ajenas la responsabilidad que nos corresponde como pueblo, de asumir la tarea de generar nuestro progreso espiritual, intelectual y material entregando su evaluación a estándares y modelos internacionales, como si nosotros no tuviésemos la capacidad de discernir qué es lo que está bien, de lo que está mal. Estándares que no necesariamente están en relación con nuestra realidad y necesidades colectivas. Aun más, en el crear circunstancias culturales, sociales y económicas que favorecen la desintegración social de nuestra nación, como lo es el presente modo de vida, generado por las circunstancias laborales que atentan contra la familia. 

Mirando hacia el “vecindario”, constatamos que el concepto de integración ha sido también trastocado.  

El “bolivarianismo”, que se nos presenta, es de tipo superficial, tal cual como el panamericanismo bajo la férula de EE.UU., cediendo cada vez más hacia un neomarxismo que nos recuerda a los “socialismos reales” de tipo caribeño. 

Ellos han utilizado el anti imperialismo yankee, el americanismo, el indigenismo, el socialismo de clase y el nacionalismo chauvinista, para unir a un pueblo frente a un tipo de globalización. Pero, como diría Joaquín Edwards Bello, entregándolo a otro imperialismo: la “anti globalización”. 

Debemos tener claro que, ningún concepto real de integración, se puede sustentar en el trato y participación desigualitaria de sus componentes; ningún concepto real de integración, puede ser instrumento de manipulación para fines personales de unos pocos. 

Tampoco puede basarse en la entrega de la soberanía nacional de un pueblo, ni significar la relativización de su capacidad de autogobernarse, de dirigir sus propios destinos o en la negación constante de su identidad, tradiciones e historia.

 

Publicado el 01-11-2009

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